Visitar gigantes en tiempos en los que el viaje se ha reducido a un par de semanas es una tarea ardua y complicada que requiere de grandes dosis de organización. Trazar rutas y prioridades requiere de inteligencia a la hora de planear itinerarios y decidir que se visita y que no. Con Argentina y México, países inmensos y repletos de atractivos, estamos ante casos realmente extremos que pondrán a prueba la pericia de los viajeros más organizados y previsores.
Hablar de Argentina sin dejarse nada atrás es difícil. Sólo basta mirar la extensión que media entre el extremo sur del país y la frontera boliviana para darse cuenta de que es un mundo en sí mismo. Pero el viaje impone límites. El primer imprescindible es Buenos Aires. Puerta de entrada y salida del país es una de las ciudades más fascinantes de Latinoamérica. Una urbe que tiene un poco de París, un mucho de Madrid y una pizca de otras realidades tan dispares como la italiana, la china o la armenia. Un universo complejo que abarca desde las modestas y pintorescas casas de colores de Caminito, en pleno barrio de La Boca, a las mansiones de estilo versallesco de La Recoleta. Hablar de una guía de mínimos de esta gigante de 13 millones de habitantes es una temeridad; pero el viajero no debería dejar de pasear por el Cementerio de La Recoleta; visitar la Plaza de Mayo, hacer compras curiosas por San Telmo, enamorarse del ambiente bohemio de Palermo, comer las mejores pizzas del mundo o fijar los ojos en los movimientos sensuales de una bailarina o bailarín de Tango.

Pero Argentina es mucho más que Buenos Aires. Quién dirija sus pasos hacia el Sur se encontrará con los paisajes vírgenes de la Patagonia. Hitos fundamentales son la Península de Valdés, para ver ballenas, pinguinos y elefantes y lobos marinos y el Glaciar Perito Moreno, una de esas maravillas naturales que quitan el aliento. El viajero también puede hacer suya la Ruta 40 y bajar desde los viñedos de San Juan y Mendoza hasta el mismísimo fin del mundo a través de esa espina dorsal helada que es la Cordillera de Los Andes. El final del viaje, para los que se atrevan a cruzar el Estrecho de Magallanes, es la enigmática Tierra de Fuego con la mítica Ushuaia como meta final.

Si lo que buscas es ir al norte, hacia el calor, es imprescindible llegar hasta Misiones y saborear la selva con toda su intensidad. Viejas ruinas jesuíticas, poblados dónde aún viven los últimos guaraníes y ciudades de madera y chapa no son más que un aperitivo que anticipa el plato fuerte: las famosas Cataratas de Iguazú. Imprescindibles para los que pasan por estas latitudes. Y si quieres empezar a probar ese sabor andino más propio de Bolivia o Perú, hay que viajar hasta el Noroeste y dejarse impresionar por Tucumán, Salta o la famosa Quebrada de Humahuaca, un lugar donde el sabor europeo de la Argentina se diluye entre las esencias quechuas y aymaras.

México también se sale de escala. Ya la propia Capital es una gigantesca aglomeración de posibilidades donde vive la mayor masa humana del planeta. Museos, restos aztecas, el centro colonial con la famosa Plaza del Zócalo por bandera (y nunca mejor dicho) y las ruinas del espectacular Templo Mayor de Tenochtitlán… La urbe es, como en el caso argentino, un pequeño resumen de la idiosincrasia mexicana aunque el peso patrimonial, artístico (no hay que dejar pasar la oportunidad de visitar la obra muralística de Rivera) y, sobre todo, histórico, del DF mexicano es muchísimo mayor. Además, desde la capital, el viajero puede explorar las pequeñas ciudades del Valle de México, una de las zonas con mayor riqueza arqueológica del mundo con joyas como Texcoco o Teotihuacán.
Quien quiera dirigir sus pasos hacia la costa del Pacífico tiene la obligación de hacer una parada en la ciudad de Guadalajara, el otro gran referente monumental del país. El peso de la presencia española en la ciudad queda patente en hitos como el Cabildo, la catedral, el Museo de Arte Sacro o el impresionante Colegio Jesuita de Santo Tomás. La oferta de hoteles baratos en Guadalajara es un aliciente más para hacer una parada en la segunda metrópoli del estado mexicano por población e historia. De aquí se puede seguir ruta hacia la costa del Pacífico. Los que vayan hacia el norte podrán perderse en las playas y aguas mansas del Golfo de California. Al sur, a las playas de Acapulco o Ixtapa son la antesala de la selva que aguarda al viajero con ganas de emociones fuertes en lugares como Chiapas, en la frontera con Guatemala.
Y hacia el Atlántico, Yucatán. Playas de arenas blancas, aguas transparentes y cocoteros que guardan todos los secretos de la enigmática civilización maya. Aquí, el viajero puede combinar el gusto por las piedras venerables, en complejos arqueológicos espectaculares como Chichen Itzá, Tulum o Cobá, con el disfrute de alguno de los resorts turísticos mejor dotados del mundo.
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